No me hallaron todavía el lado en que me comporto como dinero, esto es, en una lógica meramente cuantitativa que acumula en abstracto y, en abstracto, acumula. Para mi que deben estar ciegos mis perseguidores porque eso es más que obvio... Con todo, insisten en la versión freudiana del padre y esas paparruchadas.
Así que, muerto de la risa y por hacer una finta más, al anochecer caminé algunas cuadras en dirección a Sullivan, donde las putas se afanan como flores. Haría esa noche, cerca de cumplir ya los 64 años, lo que nunca antes hice: alquilar los servicios sexuales de una mujer. En todo caso, sin que mi ingenuidad romántica se percatara bien a bien del significado, si alguna vez hice tratos de comercio con las relaciones sexuales, ocurrió a largo plazo debido a las expectativas que sobre mi talento juvenil y mi futuro arrepentimiento se hicieron varias putas. Resulté un fraude...
Escogí a una de boca roja, zapatos rojos, bolsa roja y medias del mismo color. En otro momento habría escrito un verso sobre la fragancia de su espesa cabellera negra, pero sólo estuve atento a los precios de la tarifa cuando sus labios carnosos experimentaban sensuales contorsiones.
--Tanto con servicio francés incluido...
No fue su modo de decirlo tanto como el concepto lo que me provocó una abrupta erección parecida a las de mi cruda adolescencia. Carajo, ¡qué espontaneidad!, ¡qué alegría!
Y a poco estaba yo recostado de espaldas sobre la cama del hotel El Paraíso de la Roma mirando los grumos del techo. La puta lleva calzones rojos y --lo miro de reojo-- no para de caminar de un lado al otro de la habitación: de la ventana que da al garage a la puerta del baño y viceversa. No para.
No tenemos de qué hablar y ella desea ir al grano pese a que le pagué por toda la noche. A ella sí que no le gusta cobrar sin trabajar. ¡Vamos! ¿Todavía puede usted, viejito?
Se avecina ya a las claras el rudo forcejeo, la negociación fría --la hora del plástico-- por el uso del condón. Puedo adelantarme a esa situación por el giro de sus manos a la hora de prender su cigarro. Entonces, con un gesto ensayado largamente para una de mis representaciones de Camus, le digo:
--¿A que ni sabes una cosa?...
Ella piensa seguramente que le haré subir la tarifa... Y dice con su sólo gesto pícaro: "¡tú pide!"
--Puedes irte, te doy la noche libre.
Entonces ella se viste con rapidez y alegría, emocionada, como diciendo: "inche loco", y sale. Entonces prendo mi churro y me quedo mirando el techo.
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