Nos encontrábamos en el café o en el mercado e íbamos a los baños del barrio o a hoteles de altos techos con vigas de madera.
La noche del Gran Temblor pudimos haber estado en El Paraíso, no recuerdo, pero sí, muy bien, que pernoctamos en Camarones la víspera del día domingo en que Maradona metió el gol con la mano. Regresaba a esas horas de por unas chelas, cuando, al cerrar la puerta atrás de mi, vi en la televisión la imagen del ángel con su manita sobre la frente, como una visera. El grito de celebración se alcanzó a escuchar en todo el casquete celeste de la city. Y debe haber sido simbólico que esa misma tarde nuestros orgasmos simultáneos provocaran el estallido que trajo al mundo a Leónidas, uno de mis hijos, de quien no sé desde hace tiempo, aunque me llegan rumores de que habita La Granja. ¿Será que su madre --me pregunto en la lejanía-- terminó como personaje de Orwell, creyendo en el poder del ordenamiento del Orden, que en este caso lleva el apellido psiquiátrico? De ser así, y es un decir, sería una prueba más --al tiempo que una explicación de nuestra lejanía-- de las posibilidades infinitas que se tiene como sujeto dentro del nuevo orden global, y cuán cardinalmente opuestos suelen ser los caminos de los amantes después del éxtasis.
Del gol con la mano de Diego Armando Maradona contra los ingleses
La trampa lograda por un genio adquiere dimensiones mayúsculas y se convierte en Arte, acontecimiento que es celebrado por el común en el grado de la fiesta --éxtasis--, si la trampa de un genio se aplica a los tramposos por excelencia que siempre se encuentran en el centro del Imperio. Maradona hizo lo que los militares fascistas no en Las Malvinas y eso trajo al traste a la dictadura en Argentina.
Debemos pues hacer una leve precisión a este respecto: la trampa no se convierte en Arte por el hecho que se logre. Tiene que dirigirse también contra la trampa...
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