Nuestra historia comenzaría con la derrota de la huelga ferrocarrilera de 1958-1959, en el instante mismo en que el Ángel de la Independencia se desplomó sobre el asfalto de avenida Reforma como consecuencia de un terremoto. Nada importa si alteramos en uno o dos meses la secuencia verdadera de los acontecimientos. Habrá personajes reales y otros serán ficticios.
Orión, por ejemplo, es un invento que surge de las necesidades narrativas. Se queda sin trabajo después del allanamiento de los locales sindicales en la capital (ferrocarrileros, maestros, telegrafistas) por el ejército y la policía. Desvalorizado, ingresa al todavía entonces ejército industrial de reserva. Con su oficio, siente haber perdido la dignidad, o eso que él así nombra. Rompe con sus dirigentes encarcelados cuando éstos admiten con sumisión las directrices de sus partidos. Orión rechaza una alianza subalterna con el cardenismo y toda otra vertiente carrancista revolucionaria. Al rechazar la estrategia del Movimiento de Liberación Nacional, Orión ahonda en su estado crónico sin empleo. Habitar fuera de la legalidad y su plural gama en un Estado corporativo como el nuestro, implica no poder vivir de la venta de la propia fuerza de trabajo.
Aprovechó el desempleo para ponerse a estudiar en plan de autodidacta. Pensaba como Foucault que ser académico y marxista a la vez era una "paradoja". Y en espera de que "la correlación de fuerzas" sufriera un viraje favorable para sus planes históricos, transcurrieron 10 años en los que consolidó sus razones ideológicas para alejarse de la izquierda por la izquierda y resguardarse así de tan siquiera conocer a la derecha, aunque supo con el tiempo que una forma del fetichismo se manifesta en esa especie desorientadora de disartria que traía junto a la madurez el arrepentimiento.
Cuando estalló el movimiento estudiantil de 1968, los hijos de Orión estaban ya educados en los discursos cotidianos de su padre a la hora de comer sobre la lucha de clases y la naturaleza del Estado. Adriana, la más pequeña, estudiaba el segundo de secundaria y se incorporó, junto con Ernesto, el de enmedio --que le llevaba dos años y estaba por terminar la vocacional en el Poli-- a la movilización desde las primeras manifestaciones de finales de julio. Al mayor, Orioncito, le había dado por el Arte y atravesaba entonces por esa etapa en la que se aprecia por encima de todo lo demás los aplausos recibidos. Estaba, pues, neutralizado para la causa.
Narraremos brevemente el sepelio de Ernesto --o mejor dicho, del cadáver putrefacto de Ernesto-- varios días después de su muerte en la Plaza de Tlatelolco, por lo que para los fines de la continuidad de esta historia, enfocaremos después sobre Adriana, que por seguir la huella de su padre y honrar la memoria de su hermano optó por ingresar a la Liga Comunista 23 de Septiembre el 3 de abril de 1973, el mismo día en que cumplió 18 años.
Obviamente no podríamos dejar de dedicarle un capítulo aparte, casi musical, al duelo de Orión por la muerte del valiente Ernesto (y los pasajes referidos a la melancolía del viejo ferrocarrilero por el borramiento fordista de sus saberes de herrería juegan aquí una pieza importante para el flujo del "manuscrito").
Otro de los personajes sí es real, sólo que se ubica a estas horas en la carretera de Huetamo-Morelia-Distrito Federal. Nombre: Genaro. Maestro de profesión, del Estado de Guerrero. Dirigente de maestros de provincia en las escuelas rurales. Ya seguiremos.
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