Efectivamente, como nos hace ver alguien, el cuento largo que da nombre al libro de Gil Olivo, Dientes de perro, incluye una escena sexual entre la mujer de un combatiente (guerrillera ella también) muerto apenas ayer y otro camarada. Pero el encuentro ocurre una vez que la pareja que sobrevive con el peso de la muerte de Pedro encima decide renunciar a la Organización e irse a vivir a provincia para comenzar una vida nueva. Los militantes comunistas de Dientes de perro no mezclan sus actividades cotidianas de revolucionarios profesionales con el sexo. Ella, María, anhela embarazarse de la Organización, parir un hijo de Ella y se aman los dos en un acto de soledad mayúscula.
Previo a su orgasmo, deciden dejar las filas de la guerrilla para replegarse al trabajo político ideológico. Una traición en esos momentos según los dirigentes que veían como oportunismo no traducir a lo militar el discurso de la lucha de clases después de 1968 y 1971. En las bases, acribilladas por los judas, crecía el clamor por el repliegue. "Giro en la táctica", planteaban ante las evidencias de que la directiva estaba infiltrada en sus más altos niveles. Pero la dirección representada en el cuento por Franc responde: efectivamente, sí, estamos infiltrados, y sin embargo no hay repliegue, construiremos la seguridad interna para detectar a los informantes de la policía y acabar con ellos.
¡Estalinismo! Del peor tipo. Consciente o inconscientemente, se había arribado a eso: a crear un instrumento de autodestrucción. Un instrumento a las órdenes de uno o de varios individuos con ansias de poder... Y habían creado el arma para llevarlo a cabo. ¿Acaso no había ordenado Stalin la ejecución de decenas de miles de los mejores comunistas, toda la vieja guardia, compañeros de Lenin? Todo ello en nombre del socialismo... La tensión, la espera, el dolor, la caída de tantos, había terminado en eso: un vulgar fratricidio... Habían aparecido unos dientes de perro dentro de la organización, que ahora buscaban víctimas entre las ruinas de ellas.
Hasta aquí Gil Olivo parecería un vulgar seguidor del texto fundador de la "autocrítica" escrito por Gustavo Hirales y de los pasquines policiacos sobre la guerrilla de Aguilar Camín y buty otros de Letras Libres a Nexos, pero el giro inesperado del relato abre repentinamente las puertas para lecturas varias cuando se revela hacia el final que el infiltrado es Franc, el dirigente que conduce la purga interna brazo con brazo de los aparatos de terror del Estado.
Decíamos que en 1996 Gustavo Hirales sostuvo un ríspido intercambio epistolar con Marco Rascón en "Correo Ilustrado". De aquello, Rascón dedujo que el primero colaboraba en silencio con sus captores mientras él se esfixiaba en el helicóptero debajo de la capucha. Por su parte, en otro momento, Hirales reinvindó su ingreso en la Secretaría de Gobernación pues su finalidad era brindarle ayuda desde ahí a sus perseguidos y victimados amigos.
Nunca lo olvidaré. Nunca --repite el personaje de Dientes de perro y abunda su narrador--: Porque el recuerdo era importante para odiarlos... Porque el olvido era como la traición. Traición a los caídos y traición al ideal. Porque el recuerdo era también un arma.
Algo que olvidó Laura Castellanos en su México armado (Era) en el que los recuerdos de Gustavo Hirales sobre su participación como fundador de la Liga Comunista 23 de Septiembre destacan como una de las más autorizadas fuentes.

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