Si para Lenin los campesinos rusos de principios del siglo XX eran la fuerza revolucionaria por excelencia destinada a liberar a Rusia de la autocracia y el servilismo y construir un capitalismo democrático por la vía de la acumulación de capitales en el campo (Nueva Política Económica), para Chéjov, en cambio, estos mismos campesinos no eran sino mujiks embrutecidos por el aguardiente y golpeadores de sus mujeres, en tanto que para Isaac Babel --otro destacado escritor ucraniano del mismo periodo-- resultan ser los sujetos del pillaje a la hora de la guerra civil. Aunque entre Lenin y Babel (y también Chéjov) sobresale su preocupación común y casi única por el presente sin historia explícita (la única forma en que se le presenta la historia a Lenin es como desarrollo del capitalismo; a Chéjov como nostalgias en los jardines y manicomios mientras que a Babel en la forma de una arquitectura de iconos y una fábula), no deja de mediar entre ellos el abismo que puede existir entre la racionalidad del programa y la práctica política, de un lado, y el rencor acumulado de los días cercados, del otro (o el amor a los tulipanes). Y es que frente a la sed del presidiario que mira desvanecerse una buena tarde el orden que no era para él, los conceptos sobre las clases sociales devienen en meras abstracciones sin sentido ni utilidad práctica.
El mismo abismo se produce entre los Lineamientos fundamentales... de Arturo Ignacio Salas Obregón y Dientes de perro, el libro de relatos del escritor jalisquillo Ramón Gil Olivo dedicado a la experiencia de la guerrilla urbana comunista en su último periodo allá por 1977. Nada que ver con los tonos esperanzados y épicos de la mitología del 26 de Julio en Cuba o el sandinismo recién en el poder. En buena prosa de lares rulfianos y con pasajes de realismo sórdido (como el del cuento del bofe champion en decadencia y después sicario) a lo Revueltas, a lo mafio, Gil Olivo desencanta a los que buscan en la historia de la 23 de Septiembre la inspiración de tonos épicos para inmolarse. Algunos pasajes de su libro reeditado por Taller Editorial La Casa del Mago en 2006 (a 20 años de su primera edición) dejan cuenta de un mundo de aislamiento y extravío que transcurre en hoteluchos de mala muerte y estaciones de autobús con el fin de consumir tiempo en espera del próximo enlace. Personajes que si por casualidad se topan en algún rincón inhóspito con el periódico de su Organización que escriben desde la clandestinidad compartimentada sus dirigentes lo abren con sarcasmo y lo cierran al instante ante el cúmulo de slogans sin fundamento. La narración es precisa para generar una atmósfera sin salida en la que el enemigo que acecha no tiene más que esperar la caída de esos fantasmas. Y en lo que toca al relato de las torturas de las que fueron victimas de la policía los guerrilleros muertos y desaparecidos, no existe otro igual si exceptuamos los pasajes de Julius Fucík en su Reportaje al pie de la horca. He aquí algunos fragmentos y esquirlas del libro comentado:
Por supuesto que no era la primera vez que la policía enviaba a alguien tras de mi. Tendía trampas utilizando los medios más diversos. Enviar una mujer como carnada era el más antiguo de ellos. Tiempo atrás ya mi madre me lo había mandado decir.
Los personajes en fuga de Gil Olivo han perdido por completo algo que se parezca levemente a los apetitos sexuales, y así, el del cuento "El rostro oculto" permanece junto a una mujer por días en un cuarto de hotel en el que comparten la única cama y nunca en ese lapso siente el menor deseo por ella.
A veces nos despertábamos abrazados el uno al otro y acariciándonos con ansiedad. No era amor, por supuesto. Lo único que nos unía era la desgracia común, y también un mutuo e inexplicable rencor.
Asediado desde cualquier sitio, el fugitivo piensa que la ciudad es una gran trampa en donde todo mundo tiene cara de juda.
Si nosotros buscábamos aprender a leer la conducta del enemigo, él había aprendido a leer la nuestra desde tiempo atrás. No les era difícil reconocer en la calle a quien se desplaza con la inconsciente intranquilidad del perseguido.
Ante tamaño descubrimiento viene la paranoia. El enemigo se hace omnipresente:
De pronto lo invadió la ansiedad de hacerlo todo de prisa, pero también tuvo la repentina sospecha de que miradas ocultas lo espiaban, aunque sabía que eran sólo sus nervios...
Después enfoca sobre los rasgos faciales de ese rostro oculto que lo asedia:
Un mundo de bestias. Porque eso no son gente. No poseen el más mínimo sentimiento humano. Causar dolor y muerte es para ellos un placer. Además, ese es su trabajo: para eso les pagan.
¿A qué vienen pues los "choros" sobre la ética en el mundo del dinero y el capital?
Acaso era el miedo, pero también era un sentimiento de impotencia: de toda una organización que intentábamos levantar habían quedado únicamente piezas dispersas. El enemigo poseía una poderosa maquinaria de muerte y destrucción. Nosotros habíamos sido débiles y muchas enfermedades nos habían corroído por dentro.Como focos mal conectados y si conexión con nada, náufragos de sus espejismos, los personajes de Dientes de perro están de pie en un callejón sin salida y ahí, ya sin convicción ninguna, reafirman:
--No hay escapatoria posible, son ellos o nosotros. Desde un principio lo supimos: ellos o nosotros.

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