El caso es que corrió sin parar sobre sus taconcitos picudos, iba deschongada, no se supo determinar desde lejos si era el rimel lo que se le escurría, pero uno de sus zapatos quedó a la mitad del Eje, cual reluciente flor inerme a esas horas en que de milagro ella había logrado cruzar ilesa...
Pude fotografiar su distanciamiento.
Lloró profusamente todo ese día y toda esa noche, tembló en sus adentros mientras la luna navegaba sobre sus lágrimas.
Atrás quedó el eco de los motores, sus llantas, sus salpicaduras.
Se supo liberada con solo no mirar para atrás. Del otro lado del eje estaba su pasado. El pasado del que ella se había liberado. Así, en círculo.
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