De todas las personas que ví pasar en una de estas lluviosas tardes, la única que se percató de las palomas bañándose en la fuente y las flores naranjas tiradas en el suelo por la lluvia fue una niña. Ella era pequeña y vivaracha, después de jugar unos instantes me sonrió al darse cuenta que la observaba. El resto de la gente camina demasiado a prisa para darse cuenta de algunos detalles de la vida, como el tañir de las campañas ó las formaciones nubosas sobre sus cabezas. Hoy lo entiendo aún más, puede ser que hayan perdido la capacidad de distinguir esos detalles en su cotidianidad y que traigan la mente llena de otras cosas como deudas y préstamos, futbol, el qué harán con sus hijos en éstas vacaciones ó sobre la posibilidad de que se inunde la casa… incluso hay ya niños preocupados por ésta índole de situaciones. El otro día en el metro lo escuché con mis propios oídos: “oye mamá, ahora me da miedo quedarme dormido en las noches, que tal que nos inundamos y muero ahogado”. El niño quizá sea de Ecatepec, Iztapalapa, Neza ó cualquier otra zona del defe que sea vulnerable también en ésta temporada… o quizá sea de Hidalgo, Veracruz ó Tamaulipas.
La lluvia limpia el paisaje, provoca el resurgimiento de muchas formas de vida y produce espejos por doquier; fue tal vez en uno de esos espejos que el hombre o la mujer vieran por vez primera la sonrisa humana… pero de eso hace ya mucho tiempo.
Creo que la lluvia- como la noche- genera en nuestra especie actitudes instintivas de vulnerabilidad y búsqueda de protección, lo cual podría explicar algunos singulares comportamientos como el “correr” hacia un techo o quererse tapar la cabeza con cualquier clase y tamaño de objetos, incluso cubrirse la cabeza completa con una bolsa de plástico y andar así, con una altísima probabilidad de chocar con cualquier otro cuerpo.
La lluvia limpia el paisaje, provoca el resurgimiento de muchas formas de vida y produce espejos por doquier; fue tal vez en uno de esos espejos que el hombre o la mujer vieran por vez primera la sonrisa humana… pero de eso hace ya mucho tiempo.
Creo que la lluvia- como la noche- genera en nuestra especie actitudes instintivas de vulnerabilidad y búsqueda de protección, lo cual podría explicar algunos singulares comportamientos como el “correr” hacia un techo o quererse tapar la cabeza con cualquier clase y tamaño de objetos, incluso cubrirse la cabeza completa con una bolsa de plástico y andar así, con una altísima probabilidad de chocar con cualquier otro cuerpo.
Para los que duermen en las calles, la temporada de aguas implica prácticamente el cambio de domicilio a algún lugar con techo, y para los que tienen un techo pero tienen la mala suerte de haber nacido pobres, implica cada año un alto riesgo de sufrir inundaciones… a veces hasta de mierda, como en algunos municipios del Estado de México. Es natural, entonces, que bajo esas circunstancias más del 57% del padrón electoral mexiquense no haya votado el domingo pasado… o estaban sacando la mierda de sus casas, o estaban expresando su encabronamiento enfrentándose a la policía, o no creyeron más que el gobierno les resolverá sus problemas y no confiaron en las promesas de los partidos políticos de ayuda condicionada al voto. Tal vez debamos analizar la forma de ser y actuar de distintas colectividades para identificar las características de aquellas que son capaces de vivir con la mierda hasta el cogote y aquellas que no lo permiten de facto, que poseen cierto nivel de calidad de vida y logran imponerla con su fuerza. Una puertorriqueña lo expresa claramente: “ No es que queremos vivir así, es que queremos vivir aquí”. Y en la práctica, lo dicen también las comunidades michoacanas, guerrerenses y chiapanecas que viven en autonomía desde hace tiempo. En general, la revolución mundial va, lo corean los jóvenes españoles, chilenos, griegos, ingleses y sirios entre muchos otros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario