Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

7 jul 2011

¡a la música!

Cuando un ranchero grita hasta el otro lado del jacal, proyecta su voz, se hace oír; silba al estar solo con las ovejas sin temor a que el vecino salga a protestar, e incluso se entona a placer con la esperanza de que los vientos trasladen su tonada hasta los oídos (¡bellas orejitas!) de la amada.

Ayer, en cambio, me quité del todo el rubor de cantar a plena voz una baladita en el depa. "¡Y ora este cabrón, además de loco, desafinado!", pero en la impunidad del no ser visto, guardado entre los muros, me liberé del qué dirán en un lapso mágico. Como si gritara yo mismo, ante un coro: "¡A la voz!".

Lo otro es la mezcla, sonidos y géneros, múltiples timbres y tonadas. Los vagones del subway. La melodía sin voz de las máquinas, música de ingenieros que, más una tacha, hace de sentimientos plastilina y trastoca los poros de la piel en bocas besuconas. Que ahora ponte a chillar, que ora buty japy. Por todos lados muere el instrumento con la destreza de artesanos que él mismo requiere, por todos lados perece la Voz. Por eso yo navego contra la corriente. Voy al instrumento. A la caja, al paladar, a las resonancias.

Con todo, me ha de llevar la corriente: a máquina que mezcla, y empobrece pero, con todo, mantiene la unidad en el ritmo, desesperado pero al fin ritmo. Ya desde su pobreza del hoy anuncia este nuevo lenguaje universal una vida más rica, de flujos, y así, descansa en el ritmo. La sociedad contenta de sí misma que no necesita filosofía y eructa satisfecha. La rola de Jaime...

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