Este amanecer da para un profundo optimismo.
Las imágenes de hoy en los periódicos constatan que la paz eterna dentro de territorio yanqui, desde el exterminio de los apaches, ha llegado a su fin:
Con sus macanas alzadas, la tira azota a los jóvenes indignados en las ciudades gringas.
Su libertad podrida, adiós a su happy.
La guerra civil en el núcleo imperial se anuncia en las calles entre masas insurrectas (que tendrán que armarse) y masas uniformadas y fuertemente armadas para mantener el orden de la explotación del trabajo y la propiedad privada de los medios de producción.
En el seno de las masas insurrectas, lo mismo en Nueva York que en Santiago de Chile y Valparaíso o en La Paz y en Quito, las corrientes revolucionarias y comunistas se enfrentan a los reformistas que buscan que todo cambie para que todo siga igual.
Una lucha que se libra principalmente por el momento en el terreno programático y de las ideas, pero que pronto adquirirá densidad política partidista.
En el momento actual de la batalla de poco nos sirve --salvo para operaciones ornamentales-- ese tipo de militante que está seguro de qué lado estará él a la hora en que llegue el "momento decisivo", pero que subestima y hasta desprecia, en aras de toda clase de pasatiempos, el gris trabajo teórico y práctico de toda la vida. ¿No es cada día ese "momento decisivo"? ¿Y cómo puede alguien, mediante qué clase de metafísica, saber cuáles serán los lados, los bandos, de ese "momento decisivo" que quizá nunca llegue?
La vida así sería un sumirse en la tortuosa levedad, en tanto se espera el momento de ser algún día.
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