Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

20 oct 2010

fragmentos

Andar desocupado sí que es una prueba mayor y da para otra novela. La desvalorización es candela, no cualquier hombre de bien, "proveedor" por propia elección y naturaleza, la aguanta. Lloran en sus brazos hasta los más machos por no ser "unos mantenidos", con tal de justificar la existencia ante la sociedad.

El tono más tétrico de El Capital lo utiliza Marx en los pasajes dedicados al sector crónico del ejército industrial de reserva; y el escritor Alfred Döblin, psiquiatra que ejerció su oficio en los barrios obreros (parados) de Berlín oriental durante la crisis de 1929, escribió en Berlín Alexanderplatz los apuntes más precisos que se conozcan sobre el síndrome personalizado en Paco Bieberkof cuya atmósfera psicológica (su aura apachurrada como un sombrero recién vencido por el chaparrón) lo hace agachar la cabeza por sistema y lo convierte, como bien observó Fassbinder en su adaptación de Berlín... para la televisión, en un hombre quebrado, simplemente cogido. Cogido hasta por las orejas, vamos. ¿Era ese el camino de su teorización autodidacta? ¡Había que ser un conchudo para aceptar tamaña pérdida de la dignidad con tal de no adaptarse a la sociedad! ¿Ese era el héroe que había querido ser?

Supo lo de su mal adquirido una mañana de noviembre en que salió a caminar por las calles para calmarse la angustia. Se dirigía al parque donde solía hacer sus lecturas antes de la hora del mediodía, pero al cruzar la avenida, el libro que cobijaba bajo el sobaco fue a dar despanzurrado al pavimento, lo que obligó a una conductora a frenar en brusco.

--¡Oye!, levanta tu libro y... ¡súbete!

Ya arriba:

--¿A dónde vas?
--Aquí nada más al metro, cuatro cuadras derecho...
--¿Y qué lees?

Él mostró su libro: Pensar alrevés de Benjamin Coriat.

--Así que muy alrevesado...

Tenía una sonrisa de libertad. Parecía recién bañada y su pesada y negra cabellera brillaba húmeda. Unos ojos pícaros de ser la dueña de su tiempo. Y él andaba en los primeros meses después de haber perdido su trabajo. Los tonos épicos (y alcohólicos) de morir en la raya empezaban a desvanecerse exponencialmente. La voz estaba lejos aún de hacérsele un hilo.

--¿Cómo dijiste que te llamas?
--María...

Y ella a la ofensiva de nueva cuenta:

--¿Te gusta?

Levanta entre los dedos un porro.

--Que si no...

Y ya estás, se encienden las luces sobre los pastos y las copas arbóreas resucitan, desmelenadas, güeras, mechones al viento. Vidrio y brillo reluce en su dientes. Sus aretes guiñan a trasluz. De copiloto en circunstancias tales el desempleo es un paseo. Quedan por delante la vida y otros avatares. Así que fueron a dar en plenas horas de trabajo, cuando las oficinas bullían y seguían la cotidianidad de su marcha, a la sencilla habitación de María que entre otras de sus gracias contaba con una piscina.

Ella sirvió las bebidas y él no supo ni qué se metía. El amor es una vanidad según dicen y las ilusiones suelen anidar ahí justamente donde la necesidad se hace deseo. ¿Por qué no su acumulación originaria a lo macho? ¿Qué caminos le depara su ser un genio?

Otra vez Freud. ¡Chingaos!, ¡saquen a ese wey!

Acumulación originaria (explicación breve): en realidad se produce en cada gran crisis. Momentos de concentración de la riqueza y proletarización de las masas. Durante la gran crisis anterior, los antiguos dirigentes salieron de la clandestinidad y aprovecharon para comprar autos (dos para salvar el "hoy no circula"), alquilar choferes y, ¡claro está!, cambiar de modelo (se hace referencia aquí a la señora... Nota del traductor). Los maestros con sus alumnas y las maestras con sus alumnos. En cada pareja había un perdedor que quedaba en el desahucio de la vejez como prueba de que los tiempos habían cambiado y algunos no fueron capaces de amoldarse a las nuevas circunstancias. Los vencedores con sus nuevos pollos. Los derrotados en el absoluto arrinconamiento.

El detalle fue que empezó a sentir la risa como corbata desajustada, le sonaba venida de otro lado, caída como hojas de otoño, seca y chata, hueca. María había trazado ya la tercera raya. Un chingo de risas. Jálale. Más y más candela. De pronto, ¡ay ojitos!, la voz de ella sale de una gruta profunda, áspera, tiene los ojos caídos como dos gotas derretidas, y ahora su sonrisa es ávida, de una crueldad inefable.

No supo cómo fue capaz de salir huyendo de aquella casona ni cómo burló a los dogos. Lo que se dice mirar al diablo. Afuera, en la calle, ya todo oscuro, no encontró el alivio. Estaba perdido en la gran ciudad y su voz se resbalaba sobre la superficie de las cosas, sin que él pudiera precisar ninguna frontera. ¿Dónde su yo el más cabroncito, su burlarse de los débiles que eran los demás?

Perderse en la ciudad es una gran prueba que sólo sabe el que se arriesga. Lo que sigue no se puede contar. Sería para él algo como lo que dice Revueltas debe llevarse hasta la tumba.

¿Qué pasaría sobre el tío Fede cuándo, al ver aproximarse el desenlace definitivo, contra la historia toda de su vida mandó traer al cura para poderse marchar ya sin peso ni culpa?

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