Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

18 may. 2011

fosa común

Del puro placer de ver el chorro de sangre como 1 geiser, con su mano ahí, firme y hundiéndose, aferrada a la daga, imaginó por un momento que esa fuente sanguínea era su corbata, y de ahí a la mesa redonda... Es todo lo que cuenta en este relato: ni el cómo ni el cuándo ni el dónde sino solo la sensación...

Hay que decir también que el crimen que ahora lo liberaba, la explosión que lo auto-confirmaba, que lo limpiaba y, a un tiempo, volcaba por toneles la mierda sobre el otro --que en paz descanse--, esa explosión gracias a la que ahora miraba con toda tranquilidad la hermosura de las muchachas, como obra de arte primera y motivo de la existencia, con distanciamiento, desprovisto del mínimo deseo de dar un paso de la contemplación melancólica al papel de actor.

El túnel ancho y grandotote en realidad era el vagón del metro, y en ese túnel aparecían gestos y cuadros que bien podrían acomodarse al modo de 1 collage, que es lo que hace Döblin en el capítulo 2 de Berlín Alexanderplatz.

Ya se había pirado, ¡y cómo no iba a estarlo? Si las mangas de su camisa todavía chorreaban.

Lo que sí es que el bato nos sacó del hilo narrativo, pues iba a escribir que sólo era necesario tener también en cuenta para este cuento que en el momento de hundir el puñal en el pecho de la víctima ocurrió la casualidad de que nadie más lo viera. De ahí que pudiera hacer todos los movimientos hasta su casa para lavarse y cambiarse, sacar la bolsa, la cal, el pico y el baro, por si había que extorsionar a alguien para seguir por la vida limpio. ¡Y si que estaba limpio después de su acto asesino! Sí, sí, una gran explosión, un gran desfogue. Ahora se podría decir que respiraba.

Iba pensando, mientras manejaba, en su amor perdido. Lleno de auto compasión hasta la náusea. Empezaba a odiarla: ella era la culpable. En eso, el primer retén. Identificación, papeles del carro. Pasó por varios. Y el calor infernal en las filas.

En las puñaladas del cuento de Rulfo, creía que era la Luna. En El Extranjero de Camus era con bala en este mismo sol de abril ya bien entrado mayo, mirando tras las  gotas del sudor que escurre.

¡Acumulación de calor pura!

Al chico rato, el quinto retén. Es un sargento y quiere revisar la cajuela. Se caga. Ahí están bien visibles las patas del muerto. En su angustia él ya huele el cadáver. Siente que se desvanece. ¡Otra vez La Pachona!

Con una sonrisa extraña, el sargento abre una pausa que a él le resulta sin fin. Sus patitas mal entrenadas empiezan a fallarle... Y el sargento sigue sonriendo con ese gesto inefable. "¿Qué debo hacer? ¿Debo confesarme?".

Y ya está en esas cuando el sargento lo interrumpe con aire de autoridad:

--Lo felicito, amigo, en este momento de la patria, dedicarse a la venta de zapatos es un acto bien loable. Lo felicito verdaderamante, de seguro usted ha decidido viajar al Bajío tomando por Toluca. Tenga usted un buen viaje.

Siguió su camino mientras cavilaba sobre el tema crucial de que el asesino anda suelto. Ellos otorgaban a su labor virtudes patrióticas, malthusianas, de control natal. Un frío incontrolable le nacía desde la base de la columna. En su mente también estaba el final de la película El almuerzo desnudo. La escena del pasaporte:

pasar la frontera legalmente era ya ser un muerto en vida.

Y para colmo se hacía tarde, las últimas gotas del crepúsculo se escurrían como carcajada de Drácula. Tenía que darse prisa.

A su favor estuvo que llevaba el plan para cada movimiento en su secuencia. Lo peor para su estado era seguir ahí en la oscuridad de la noche. Aquel paraje, que conocía palmo a palmo con ojos y tacto, podía convertirse de pronto en el enemigo a muerte. Su estado reseco, sus espinas, y las ramas puntiagudas.

Ya estaba. Y si el ladrido de los perros daba la distancia de los más cercanos, el tenía tiempo de sobra para tapar la fosa y salir en fuga. Metió por última vez con el zapato la pala en la tierra, empujó, y en eso algo brotó del fondo del subsuelo con rabia erecta, como una bandera en pleno campo de combate pidiendo más guerra. Era un brazo con su manga sin botones. El brazo de un cadáver que no era el suyo, o el que él había llevado ahí para darle sepultura. Era otro que ya estaba desde antes, no sería mucho.

Escarbó para averiguar y dio con el cuerpo. ¡Qué digo! ¡Con muchos otros cuerpos! Sintió un alivio reconfortante. Aquella fosa común lo curaba de golpe de cualquier tipo de remordimiento. Así que mezcló, rellenó, aplanó, guardó las cosas y se dio a la fuga.


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