Lo bueno es que acá en la U el profesor Rupertino Anguís ya me nombró su asistente. Sólo espera en sus cálculos que se ponche el Chepo, para embarrarles en la jeta que él, Rupertino Anguís, es, nada menos que el inventor del sistema de la resistencia, ¿y dónde está, pues --decía-- nada? Ni un gol siquiera. El tipo trae cara de que no pegó el ojo en toda la noche, pela los ojos, enseña los dientes, sin chamba fija --la hace de sicario--, y tiene un golpe mortal con el que aniquiló a unos gigantes, ¿sabes cuál?, pregunta con sus ojillos inyectados fijos en mi, veo venir el sablazo, ¿sabes qué?, le digo: "¡no me estés chingando! No traigo ni un quinto". Su golpe se lo guarda. Y saca la fusca. Por allá, del otro lado, el buen Chucho: "te estás pasando, profesor, no sabes ni con quién". Lo que basta para que Rupertino tiemble como una hoja seca, deje caer el arma, se arrodille y pegue un grito capaz de estremecer al más gallo: "¡Apiádense de mi!, ¡Estoy crudo!".
Y otra cosa fue, allá en la calzada, cuando el negro solitario, escurrido como una sombra por entre las loncherías grasientas (de un pasadizo subterráneo salía un olor fétido), fue sorprendido de 1 de repente por dos enamorados que se besaban ferozmente en el punto más oscuro. De seguro que el negro pensó algo sobre las flores. Floricultura en mayo. Y era como si una luz fuera eso: lo más oscuro. El negro estaba lo que se dice deslumbrado ante tamaña postal y sintió envidia de la buena.
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