Apareció otra vez la del bolso rojo, la puta de diciembre, pero volvió cambiada, sin su rubor, y toda ella desmaquillada como un cuadro de Picasso a las siete de la mañana sin haber dormido. Me pareció evidente al primer vistazo que esta vez la habían obligado y estaba ahí, de frente, cigarro en boca, en contra de su voluntad: su puto padrote.
Lo mejor era mi humor.
Con pulgar e índice le tomé el cachete
y, al oído, le canté una rola:
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