Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

18 jul 2011

Hegel y la reconstrucción necesaria de la neta

Un mundo en donde es posible la construcción del autómata, que otra cosa no es el reino de las máquinas deseantes de Deleuze y Guattari, es aquel en el que la Naturaleza ha quedado reducida a puro accidente, en el sentido de la sangre: algo a lo que es preciso ceñir. Esa obsesión que advierte Doctorow en su viaje a Disneylandia y que encuentra patológica por encarcelar en la geometría de las maquetas todo lo que ahí se propone significar a la Naturaleza. Todo lo que es producto del trabajo social humano, en cambio, aparece en ese parque de diversiones ante las miradas del sentido común como lo naturalísimo. Las máquinas deseantes, por ser objetivas, y tener su peso, aplastan toda posibilidad del sujeto, de su voluntad e inteligencia  y, al suprimirlo, lo colocan desmadejado frente al espacio-tiempo de sus constructos insubordinados, al grado que le hacen ver azar y accidentalidad por todos lados.

Se le puede achacar cualquier cosa a Hegel en su Filosofía de la Naturaleza, desde soberbia y desprecio por la Naturaleza (reino para él de la accidentalidad pura y el caos, irreductible en su individualidad a la necesidad del concepto, aunque, en su historia, comprendida en la evolución) hasta idealismo clerical, pero hay que entender su método, expresado aquí en líneas breves:

Lo más inoportuno consiste en pretender que el concepto deba comprender semejante accidentalidad y, como ya se ha dicho, construirla, deducirla... Las huellas de las determinaciones conceptuales se  pueden proseguir hasta en las cosas mínimas particulares, pero lo particular no se agota con aquella determinación. Las huellas de este hilo conductor y de este nexo interno, sorprenderán con frecuencia al observador y, en especial, parecerán sorprendentes, o mejor increíbles, a aquel que, en la historia natural como en la historia humana se inclina a ver sólo accidentalidad. Pero es preciso no engañarse y no tomar tales huellas por la totalidad de la determinación de los seres naturales, porque se cae en el mencionado error de las analogías.
(Filosofía de la Naturaleza, Claridad, Buenos Aires, 2006. Hay que decir que este mismo texto forma parte de la Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas).

En otro momento, como si Hegel escuchara el susurro de las conversaciones de las señoras en Sanborns (11 de la mañana de un jueves), el ruido de los cubiertos mezclado con discursos entrecortados de puro sentido común --pongamos que hablan emocionadas en varias mesas sobre el asombroso y fascinante acontecimiento de las telas de araña en las selvas de Pakistán--, escribe el filósofo:

Este cambiar la accidentalidad, el arbitrio, el desorden, por libertad y racionalidad es típico del procedimiento relativo sensible.

Y no es que Hegel negara la casualidad en conexión con la sensibilidad, sino que lo colocaba en el primer nivel del camino a la reconstrucción necesaria (en el discurso) de la verdad: ahí donde empieza apenas el pensamiento como certeza sensible.

Pero para Hegel la Naturaleza, pese a aparecer ante los sentidos como el puro reino de la anarquía, se concibe en el plazo histórico en su hilo evolutivo:

La Naturaleza es considerada como un sistema de estadios, cada uno de los cuales sale del otro necesariamente y es la verdad más próxima de aquel estadio del que resulta.

Si prescindimos de que para Hegel la evolución de la Naturaleza pertenece al concepto, y sólo a él, tendríamos que reconocer que Marx (el materialismo histórico) lo tomó de aquel todo cuando presentó el desarrollo de los modos de producción de las sociedades humanas hasta el capitalismo como un proceso "histórico.natural".

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