Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

15 jul 2011

notas sobre el estado de la crisis

Noticias a la R llegan dando cuenta de la crisis profunda que vivimos.

Agamben, en su último texto que es la conclusión de su Homo Sacer (El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento, Adriana Hidalgo editora, 2010), sondea la pertinencia del brutal diagnóstico de Paolo Prodi en El sacramento del poder acerca de que la decadencia irreversible del juramento --como institución jurídica y religiosa-- en la sociedad moderna corresponde a una "crisis que concierne al ser mismo del hombre como animal político". Y es que sin fe en el juramento, en el ser como palabra, ya no hay acuerdos ni pactos que valgan.

Por su parte, y desde otra búsqueda, Jürgen Habermas advierte el cemento roto de la sociedad del --y por el-- valor de cambio y dibuja el ruedo. Pero cemento roto es fragmento:

El "criminal", que cancela la base ética, es decir, la complementariedad de una comunicación sin coacciones y la recíproca satisfacción de intereses al ponerse a si mismo como particular en el lugar de la totalidad, pone en marcha el proceso de un destino que tiene que acabar golpeando sobre él.  La lucha que se desata entre los partidos litigantes y la hostilidad frente al otro oprimido y lesionado en sus derechos hacen sentir la complementariedad perdida y la apacibilidad destruida (Ciencia y tecnología como "ideología", tecnos, Madrid, 2010).

El juramento se fue a la goma cuando ya se paga para que la memoria se borre. Cualquier nombre, así, cualquier honor, sí, se limpia. Y el discurso se amplió hasta el infinito. Las palabras --que son el cemento-- se hicieron herramientas para el engaño. La hermenéutica se volvió la neta.

Por el análisis del valor de cambio dedujo Marx la necesidad de que el capitalismo desarrollara hasta la hipertrofia los medios de comunicación:  el propietario privado llega al mercado --por mucho que los teóricos del toyotismo intentaran negarlo hace algunos años-- sin saber a ciencia cierta si podrá realizar su mercancía o no. O sea que llega ciego a mercar. El mercado se le aparece ante los ojos como un misterio inasible pronto a sorprenderlo. Pero él quiere reducir el margen para no ir a recibir cualquier tipo de sorpresa. Produce entonces sus prótesis para reducir --¡otra vez esta ingrata palabra!-- la ceguera y acercarse al nudo oculto. Mientras más sepa acerca de la vida y movimientos de todos los demás --sus competidores reales y en potencia--, menos será la incertidumbre que él padece. Pero la misma competencia lo obliga a ocultar sus propias cartas, sus propios movimientos. Y así, como él, son todos los demás, por principio. Aparecen vidrios en los muros de los edificios y automóviles, pero cualquier observación desde el otro lado se frustra con los vidrios polarizados. Las gafas de sol ya no bastan para ocultarse del mundo...

Juan Cariño, el loco de Los recuerdos del porvenir (Elena Garro), se lamentaba tortuosamente porque las palabras ya no corresponden con los actos.

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