Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

3 nov. 2011

De la crisis, la guerra y las neurosis

Se sentía muy mal y no sabía porqué… era cada vez peor e intuía que se estaba precipitando vertiginosamente a un estado que no podría controlar. Eso lo aterraba pues siempre había pretendido tener el control de su vida y, sobretodo, de su mente y de sus emociones. Se había hecho creer a si mismo que estaba tranquilo, que a pesar del mundo podía vivir en paz … y lo logró por varios años, pero finalmente nadie puede escapar. Parecía que todo lo rebasaba: el mundo, la vida, la gente, la guerra… todo lo abrumaba; era una sensación muy aguda, profunda y concentrada, contenida desde hacía tiempo y que, finalmente, estalló en su mente.
Como todos, seguramente, al principio pensó que se trataba de un problema personal, suyo, que había algún problema en él, que algo había hecho mal en su vida, o que quizá tenía una rara enfermedad. Empezaba a atormentarse buscando la causa de su estado en sus incapacidades y limitantes, se sentía culpable y débil. (Supongo que es un proceso similar al que sufren los desempleados antes de reconocer que su caso concreto es una expresión de un fenómeno social).
Con mucho esfuerzo, dada la confusión que reinaba en su cabeza, reconoció que el suyo no era un caso aislado. Investigó que los síntomas que sufría eran más comunes de lo que creyó, y que había en el mundo alrededor de 400 millones de personas con trastornos mentales o neurosis. Sin duda, era un fenómeno de masas, cada vez más agudo en éstos tiempos. Una vez ubicado en el terreno de lo social, entendió que él se había derrumbado al mismo tiempo que las ilusiones de muchos otros, en todo el mundo, y en medio de la crisis general. Con el paso de los días, pudo escribir tratando de aclarar sus ideas: "Al ser productos sociales, las crisis individuales son expresiones de la crisis general que hoy es mundial. Para entender nuestras propias crisis, podríamos empezar por entender la general".
En ese camino siguió y, a tropezones, iba encontrando pistas por aquí y por allá. Las iba transcribiendo para releerlas en los momentos más difíciles; ésta la dejó Castells a fines de los 70's:
“Como en otras etapas de la historia, entramos a tientas en una nueva situación, ensordecidos por el fragor de los combates y cegados por la oscuridad circundante. No sabemos, nadie sabe, a donde vamos… A veces es necesario tener la paciencia y el valor necesarios para abordar los problemas más complejos, las cuestiones más abstractas, para poder llegar, a través de las mediaciones necesarias, a entender los latidos de nuestra vida cotidiana”.
Ya tenía algo más claro, vislumbraba un camino: para poder entenderse y saber la causa de su malestar, debería ponerse a investigar, a leer, a averiguar cómo funciona la sociedad en la que está inserto. Debía indagar sobre lo que está generando, no solo en él, sino en millones de seres humanos, esa sensación de que su vida no tiene sentido y que está siendo gobernada por fuerzas anónimas capaces de despojar a los hombres y a las mujeres de su condición de sujetos autónomos.
Poco a poco se fue alejando de las explicaciones religiosas, éticas e idealistas, dado que en verdad quería llegar pronto a comprender y comprenderse, e intuía que esos caminos eran solo subterfugios temporales que solo retrasarían su proceso. Así que se centró en las teorías materialistas de las enfermedades psíquicas, las cuales parten de las relaciones sociales existentes en nuestra sociedad. Una vez embebido en el estudio de la sociedad capitalista, comenzó a entender porqué se había sentido -a lo largo de su vida- a veces vacío, a veces roto, a veces sometido, a veces cosa. Y anotaba:
“Cuando se inserta al ser humano dentro del proceso de producción como mero objeto, se fractura su personalidad y el sujeto queda desgarrado, como ente pasivo, que se somete a las leyes, sin voluntad.”
Pero ¿cuales son exactamente esas leyes a las que se sometía? Las de la producción capitalista, el modo de producir que domina en el mundo entero, que ha abarcado todas las manifestaciones vitales de la sociedad y de los individuos y por medio de las cuales se avanza inexorablemente hacia la cosificación de las personas, de las relaciones y de la sociedad en general. Esas leyes de la producción capitalista que separa los medios de producción de la fuerza de trabajo dejando los primeros en manos privadas y destinando por el resto de su vida a las mayorías al trabajo asalariado. Esas leyes que no tienen como objetivo la producción para la sociedad sino la producción para la infinita acumulación y valorización del capital.
Entendía ahora que bajo esas leyes que todo lo convierten en cosa, en mercancía, la humanidad misma es una mercancía. Siendo así, y en aras de la acumulación capitalista, se puede explicar más claramente la guerra como salida a las crisis del sistema. No es descabellado pensar entonces que la salida dentro del capitalismo a la crisis de los años 30´s fue la Segunda Guerra Mundial y sus más de 100 millones de muertos. En medio de la crisis mundial de hoy, la guerra es nuevamente la alternativa del capital a costa de millones de vidas humanas en el planeta.
Es claro que existe entonces una relación entre valorización del capital y depauperación psíquica humana. Nunca antes la humanidad había acumulado tanta riqueza como en el presente, y al mismo tiempo, nunca antes habían existido los altos niveles de alienación y vaciamiento de los individuos que generan enfermedades mentales y neurosis.
Es ésta y otras muchas contradicciones inherentes al sistema capitalista, las causas de la crisis mundial que vivimos, y que es la más profunda que el capitalismo ha tenido desde su nacimiento.
Así las cosas, la alternativa de la humanidad se vislumbra entonces como una sola: la salida revolucionaria de la crisis por el derrocamiento del sistema capitalista.
Y esa misma salida aplica también para la crisis individual del protagonista de nuestro relato. Lo propone Schneider en su Neurosis y lucha de clases:
“Debemos tratar a la sociedad misma como enfermedad… la terapia para cada individuo es idéntica a la lucha política contra una sociedad enferma, porque pone enferma a la gente”.
A éstas alturas, nuestro personaje presenta una actitud más activa que pasiva; más que de derrota, de coraje. Se esfuerza a diario, y será de por vida, pero ya lo tiene claro: la terapia es, entonces, la lucha contra lo que ocasiona el mal.

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