Practiquemos regularmente el ejercicio de distanciarnos de lo "normal" para analizarlo. Vista de lejos, la normalidad no parecerá tal. Miremos críticamente la sociedad, así nos daremos cuenta de que nuestro mundo - tal y como lo conocemos- es un absurdo y está de cabeza... pero podemos cambiarlo.

5 jul. 2012

Cuentos desde la azotea

La azotea de un viejo edificio la hacía de mirador, un barco-edificio construido por su abuelo en 1943, recién llegado de España. Por el rumbo de Chabacano, antiguo puerto mexica para el mercado de peces. ¡Los daban vivos, coleteando todavía!... La proa rumbo al Poniente era, ya entrado el verano, a las siete de la tarde, un acontecimiento. Ahí vivió siempre y ahí se había ido convirtiendo en la ruina que actualmente era. Nieto del heroico paracaidista de la República española, Don Ernesto Boldú, Ernesto, con todo, era hijo de su tiempo.

Prendió el primer marro del día, destapó la chela; dos grados y una cuarta a la izquierda del cenit desde su punto de ubicación, el sol apenas se adivinaba detrás de la densa y plúmbea nubosidad. Iban a dar las 10:30. En eso miró cruzar, Ernesto, ¿qué miras?, por la esquina en donde a diario agasajaba su pupila con plurales formas, a una hermosa mujer despreocupada que bamboleaba las caderas de un modo tal que llamaba al macho... "¡Oye, tú, jeva... mami linda!", le gritó él sin darse cuenta, alzó la cagüama y le jaló al churro: "¡Salud, mamita!", volvió a gritar, mientras se limpiaba las comisuras con la manga de su raída camisa. Olvidaba por un momento su estado lamentable, actuaba por instinto, olvidado de sí mismo.

Cuando regresó de su impulso, ella estaba parada ahí, mirándolo, apreciando aquella ruina hermosa ("una flor en el pantano", se dijo) chorreando por el cuello la espuma de la chela. "¿Por qué no me invitas en lugar de estarle haciendo al cuento?", replicó ella con las manos sobre sus protuberantes caderas...

Le tiró las llaves sin que más se dijera. La chica, ya de cerca, era más bella. No usaba calzones ni tetero, iba fresca. Así que, aquella mañana de cuento de Joyce, Ernesto empezó a dejar de ser una ruina. Quién sabe de dónde sacó fuerzas para olvidar su aspecto y su peste, su impotencia, y a ella pareció encantarle. Volvió muchas veces. Los vecinos se quejaban por la gritería de los gatos. "¡Estos animales impúdicos, podrían ser más discretos!". Ella llegaba siempre cuando Ernesto ya la daba por perdida, cuando las mandíbulas le dolían de puro atragantarse el llanto en la espera. Y la nombró Najda.

Un buen día ya no volvió más. Él la esperó por meses, atormentado respecto a qué habría sido, de su parte, lo que la había ahuyentado. A veces imaginaba que todo fue un sueño y que aquello no había sido real. "Mira, vete --se decía frente al espejo con los ojos inyectados por la frustración de haber acariciado la gloria en la resbaladilla de la vida--, nadie daría un cacahuate por ti, eres un miserable, te lo grita el espejo roto que tienes enfrente".



Volvió a ser una ruina. Y ni siquiera pudo escribir el cuento, aunque un día se atrevió a contármelo.

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